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BAJO EL SOL DE MEDIANOCHE

junio 23, 2016

Dave Turner acaba de regresar a la civilizacion tras un épico viaje por Alaska. Comparte su experiencia con nosotros:

“Alaska Alaska ha demostrado ser una experiencia de las que se tienen una vez en la vida. ¡Menudas historias tenemos para contar! Hace dos días salimos de Cantwell tras haber realizado una travesía de vuelo vivac por la mayor parte de la cordillera de Alaska en la que únicamente caminamos y volamos con nuestros parapentes. Nuestra ruta tenía unos 450 kilómetros y volamos aproximadamente un 64% de esa distancia. Han sido 29 días de aventura pura.

Comenzamos en la punta suroeste de la cordillera, justo al borde del Parque Nacional de Lake Clark. Desde allí, nos dirigimos hacia las laderas norte de la cordillera, peleando contra mal tiempo y un terreno espantosamente escarpado para caminar. ¿He mecionado que tuvimos que irnos hundiéndo hasta la cintura en nieve durante KILÓMETROS en el collado de Sled? Dos días para avanzar 9 kilómetros y ¡pateando 12 horas al día! Por suerte, esos primeros días también pudimos hacer unos cuantos vuelos cortos, lo cual nos dio esperanza de que nuestra ruta podría funcionar.

Como nadie había volado hasta la fecha en parapente por donde íbamos, nuestra incerteza sobre las condiciones que nos encontraríamos era total. ¿Habría suficientes térmicas? ¿Permitiría caminar el terreno cuando el tiempo fuera malo o el bosque era demasiado denso y los ríos demasiado grandes para vadearlos? ¿Nos atacarían animales? Esos primeros días teníamos muchas preguntas sin respuesta, y tras batallar durante el primer cuarto de la ruta, no teníamos la más mínima certeza de que fuéramos a ser capaces de lograr llevarla a cabo.

Una vez hubimos pasado a la vertiente norte de la cordillera, tras superar con dificultades el primer 25% de la travesía, estábamos a punto de morir de hambre, pues nuestra estimación de lo rápido que viajaríamos había sido demasiado optimista y la realidad era que avanzábamos muy lentos. Así que sacamos las cañas y el rifle para conseguir comida. ¡Fue buena idea llevarlos!

Esperábamos que en la vertiente norte de la cordillera las condiciones mejorarían de manera sustancial, pero no fue el caso. Sí, el terreno se volvió ligeramente más sencillo para caminar, pero la meteorología seguía sin colaborar. De modo que al principio ahorramos energías apostándonos en una cumbre bonita en la que pasamos 4 días esperando a que mejorara el tiempo. Este nunca llegó del todo, así que nos pusimos en modo bestia hambrienta y accionamos el interruptor del estilo de vuelo X-Alps: subir montañas corriendo por sus laderas oeste y luego haciendo vuelos cortos hacia el este de la manera más rápida y numerosa posible. Un día, con 300 calorías, ascendimos a pie un total de 3000 metros de desnivel positivo con cuatro vuelos, el último de los cuales lo hicimos a las 12:30 del mediodía. Hasta ese momento, habíamos hecho más de una docena de vuelos, pero ninguno superior a los 28 kilómetros.
Para no morirnos de hambre, tuvimos que hacer enorme esfuerzos para llegar a los depósitos de comida que habíamos dejado previamente. El caso es que no habíamos anticipado realmente lo difícil y lenta que sería esa travesía, y a nuestros depósitos de comida llegamos cada vez muriéndonos de hambre.

Pero las condiciones fueron mejorando poco a poco y llegamos a nuestro segundo depósito de comida con un épico aterrizaje arriba, y la comida tampoco es que nos diera para un festín. Además, allí nos recibió una semana de mal tiempo. Pero allí estaba el depósito de comida número dos, y estábamos justo en el borde del Parque Nacional de Denali y las montañas más altas de nuestra ruta, en las que es completamente ilegal despegar o aterrizar, pues quedan dentro del parque. De modo que nuestra estrategia fue esperar a que pasara el mal tiempo y llegara una ventana de buen tiempo apropiada y tener la suerte de sobrevolar el parque por completo de un tirón, sin aterrizar dentro del mismo.

Tras 4 días de espera en un campamento alto y volver a quedarnos cortos de comida, tuvimos una breve ventana de tiempo sin tormentas, en el que giré dos térmicas y volé unas cuantas millas sobre el llano para regresar al final del día con unos cuantos tímalus, unos peces parecidos al salmón, con los que podíamos estirar un poco nuestras provisiones de comida.
Afortunadamente, tras 7 días de esperar por buen tiempo, por fin llegó. Bueno, más o menos.

En nuestro octavo día de espera en Heart Mountain, comenzó a volver a estar soleado a primera hora de la mañana. Subimos a toda prisa por la ladera y nos preparamos para intentar el gran vuelo. Teníamos que hacerlo. Volvíamos a tener poca comida y yo me estaba quedando sin días, pues en una semana más tenía que regresar a casa. El cielo paso de parecer prometedor mientras subíamos a pie, a completamente improbable en cuando dejamos las velas extendidas y nos pusimos la silla. A causa de los sobredesarrollos, nevaba y llovía a todo nuestro alrededor, pero divisé una fina línea de nubes oscuras que se dirigían hacia donde queríamos ir nosotros y que todavía no estaban descargando. Despegué y Gavin me siguió.

Casi nos fuimos al suelo en dos ocasiones, pero en ambas pudimos encontrar jirones rotos de ascendencia que acabaron poniéndonos en la base de las nubes, y entonces, antes de que pudiéramos controlarlo, las nubes nos chuparon y nos vimos rodeados de hielo y con las velas mojadas. La cosa había pasado de estar a punto de pinchar a verse chupado a lo bestia por las nubes. Pero nos importaba una mierda, ya habíamos pateado suficiente. Estábamos sobre el Parque Nacional y TENÍAMOS que salir de allí volando. Y eso hicimos. El viento soplaba con demasiada fuerza como para volar con seguridad, pero eso, igual que nos chuparan las nubes, tampoco nos importaba. Habíamos ido allí para volar, no para patear.

En ese vuelo pasamos por el MacKinley, el Foraker, el Hunter y las cumbres más altas de la cordillera de Alaska. Sobrevolamos innumerables glaciares y ríos de aguas rápidas, lo que habría resultado imposible hacer por tierra. Avanzábamos deprisa, pero cuando llevábamos unos 80 kilómetros, perdimos la comunicación entre nosotros en las nubes y ahora teníamos ante nosotros muros enteros de lluvia, nieve y sobredesarrollos. Las nubes nos cerraron el paso y tuvimos que aterrizar en el Parque. Mierda.

Los siguientes días pasaron entre paisajes increíbles, montañas épicas y collados altos. Atravesamos el inmenso glaciar Muldrow camino del collado Anderson, y acabamos llegando a Cantwell.
Hasta ese punto habíamos cubierto 2/3 de la ruta que pretendíamos hacer, pero, lástima, yo no tenía más días y la vida real me esperaba en casa, así que yo me apeé allí. Pero Gavin no, pues tiene una cantidad ilimitada de tiempo para intentarlo, así que él sigue allí, tratando de finalizar el recorrido.
Fui a Alaska a por aventura y al final no sólo encontré lo que buscaba, sino mucho más. Ese lugar es realmente épico, y si a eso le añades algunos vuelos de locura, animales peligrosos, ríos tumultuosos, glaciares que se tragan personas y mal tiempo, pues lo que obtienes es… Alaska durante estas últimas 5 semanas”.