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Victoria épica, fracaso épico y la buena vida: por Yassen Savov

January 29, 2016

Cuando los primeros clasificados, del décimo al primer puesto, iban siendo llamados uno a uno bajo el cálido aplauso del público mexicano y el resto de pilotos, para que subieran al escenario iluminado donde se encontraba el podium, yo les iba vitoreando con volúmenes ligeramente diferentes, cada uno determinado por mi respetómetro. Pero el más sonoro lo reservé para el primer puesto, para el campeón que tenemos este año. Y no únicamente porque fuera el primero (a mí eso no me importa mucho, pues el respetómetro determina eso mejor que la fórmula de puntuación de la Copa del Mundo), sino por el magnífico estilo con el que ganó esta Superfinal. Stefan Wyss no se limitó a ganar la competición, sino que mostró una categoría propia, muy por encima del resto de nosotros, los «mejores pilotos del mundo», pus ganó cuatro de las ocho mangas, y en las otras cuatro lo hizo muy, pero que muy bien. Aquí lo tenéis en cifras. Sus últimas cuatro mangas fueron todas de ¡más de 980 puntos! De hecho, ya había ganado la competición antes de la última manga, pero en cualquier caso, la volo y… la ganó también, a modo de despedida. Sí, una victoria épica. Y a quien merece respeto hay que dárselo, y Stefan tiene el mío. Enhorabuena a nuestro campeón de la Superfinal de la Copa del Mundo de Parapente 2015, representando a un pequeño país famoso por su chocolate y que está encajado entre Francia, Italia, Alemania y Austria: Stefan Wyss. ¡Viva el campeón!

Personalmente, el aspecto deportivo de la competición se desarrolló de manera bastante distinta. Después del peor comienzo de competición que haya tenido nunca, pinchando en las dos primeras mangas y poniéndome en el puesto 103 de la clasificación, mi único objetivo era terminar las otras 6 mangas en gol, pues así podría descartar las dos primeras con la fórmula del 25% FTV, que descarta tu peor cuarto. Tercera manga, gol, Cuarta manga, gol. Quinta manga, gol. Sexta manga, gol. Séptima manga, gol. Y en la última manga, con tres cuartas partes de la misma voladas y todo yendo bien, voy volando apenas un kilómetros por detrás de los primeros y tratando de alcanzarles cuando, junto a Yoann Chavanne, tomo una línea ligeramente a un lado de la térmica de los que iban por delante, con lo que perdimos la ascendencia. Después, nada. Planear y planear perdiendo altura. Se acaba la ladera y por delante tenemos el gran cañón que hay al este de La Pila. Es el momento de tomar una decisión. Yoann elige aterrizar al borde del cañón. Yo me meto en él a la desesperada, negándome a aterrizar. Evacúo el agua que llevo de lastre, pues el objetivo ya no es terminar deprisa, sino remontar del modo que sea y seguir acercándome hacia el gol, que queda justo al otro lado de la ladera que tengo por encima. Y sigo peleando e intentándolo. ¡No voy a pinchar justo al final de la competición! ¡No! ¡Me niego a aterrizar! ¡Ni de coña! Pero mientras tanto, cada vez estoy más hundido, hasta que me quedo sin opciones de aterrizaje reales y tengo que elegir los últimos arbustos posibles en la cara este del cañón antes de que comience el espeso bosque que tiene en su fondo. Y un segundo después estoy en el suelo, en ese puto cañón perdido (en búlgaro decimos «en el culo de la geografía»). Mi misión ha fracasado en el último momento. El ránking destrozado. Y precisamente en ese momento, después de todo el estrés, siento una irrefrenable necesidad de mear de inmediato, sin esperar un solo segundo más. Así que, como llevo puesto el catéter, me dejo ir. Pero como ya no voy en la posición de vuelo, el sistema no funciona y siento el calor de mi orina fluír lentamente, pero de manera imparable, por ambas perneras, para completar la imagen del desastre. Épico fracaso.

No hay cobertura de móvil, ni de radio. En la ladera no hay espacios abiertos, tan sólo arbustos espinosos y espeso bambú, pero por suerte encuentro un minúsculo clarito de dos metros y medio de lado, suficiente para plegar mi vela. Una hora para extraer la vela de los arbustos y plegarla. Una hora y media más para trepar por la tupida vegetación de la ladera del cañón hasta ganar los campos de caña de azúcar de la parte alta. Una hora más para llegar al primer pueblo. Y otra hora más para regresar a Valle mientras (casi) todos los demás están celebrando su gol de la playita de yerba de la orilla del lago. Pero estoy bien. De hecho, estoy mejor que bien. No me puedo quejar. Deportivamente, he fracasado de manera épica, pero la aventura no se detiene, y eso es bueno. Así que sigo sonriendo y, tras la entrega de premios, hay una gran fiesta en el barco, y nuestra gran familia voladora vuelve a estar reunida, con todos bailando y celebrando con la música de Pal mientras el barco navega por el lago y vemos las luces de Valle como si todo fuera un sueño. Pal está de DJ y lo hace bien, la casa está que explota, estamos bailando y las hermosas mexicanas bailan con nosotros. Y luego, la fiesta continúa a tope en la Mesca, con muchos amigos celebrando juntos el final de una aventura más. Entonces, ya es de día y hora de partir, y todos toman un avión para volver a sus países. Pero yo no voy al aeropuerto. Me quedo aquí con mi chica mexicana. Ella es la razón por la que este informe llega con retraso. Echadle a ella la culpa, no a mí.

Te quiero, mi amor.

Ganes o pierdas, de lo que se trata es de seguir celebrando la belleza de todo esto, de vivir con amor. Con el mundo, con la vida, con el juego al que jugamos, con ella, quien quiera que sea.

-Yassen